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Anatomía de un cuarto de siglo: la biografía del casi

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Huilén Vilches
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Anatomía de un cuarto de siglo: la biografía del casi

Hay momentos en la vida en los que uno siente que está hecho de “casi”. Casi llegué. Casi pude. Casi fui la persona que imaginé cuando tenía quince y creía que para los veinticinco iba a tener la vida resuelta.

No es una idea poética ni una reflexión madura. Es un pensamiento bastante cornudo. Es más primitivo. Es la sensación violenta de estar atrás, de haber fallado algún punto clave del recorrido, de no haber aprendido lo que otros aprendieron a tiempo.

Hay una edad en la que el tiempo deja de ser liviano y empieza a pesarte en el cuerpo.

Los veinticinco, por ejemplo. A mí me visitan el próximo mes.

En mi cabeza retorcida, los veinticinco funcionan como una especie de límite simbólico.

Es bastante irónico que la ciencia diga que el lóbulo frontal termina de desarrollarse justo ahora, cuando el mundo espera que tengas todo listo.

Pero acá estoy, al límite del cuarto de siglo, con el lóbulo frontal a medio cocinar, como un archivo en proceso de descarga con mal wifi.

Recién ahora la biología comienza a medir riesgos, decisiones, futuro. El cerebro madura después de que el mundo ya te exigió. Recién ahora, cuando ya perdiste un cuarto de siglo.

Existen pocos sentimientos más universales que pensar que a esta edad ibas a ser otra persona. Una versión que triunfó, con más nivel, más brillante, más decidida.

En cambio, yo me siento una bala perdida que todavía no pegó en ningún blanco.

Pero quizá esa bala no está tan perdida, está buscando una trayectoria que no es la default, una que no encaja en los logros que se suben a LinkedIn.

Hay una sensación íntima de fracaso en esto. Lo más duro es la comparación constante. Alguien que mira hacia los costados esperando sentirse reflejada, pero ve a todos caminar, correr, avanzar, mientras yo todavía tanteo el piso como si fuera nuevo, como si fuera un bebé que recién empieza a caminar. Sentir que todo el mundo tiene un lugar, una velocidad, un “sí” permanente, mientras vos seguís frenada en un “todavía no”.

¿No soy lo suficientemente buena?

No hablo del talento, sino del escenario emocional donde te toca crecer.

De las herramientas que te dieron, de las que tuviste que inventar, de las que te faltaron cuando más las necesitabas. Hay una injusticia silenciosa en eso, no tener las mismas oportunidades y aun así tener que jugar el mismo partido.

Hay una frustración no tan silenciosa en no cumplir los sueños a tiempo. Como si los sueños vinieran con fecha de vencimiento, como si el deseo se pusiera feo por no tener refrigeración.

Es desgastante la comparación. Te atraviesa una puntada en el pecho cada vez que alguien de tu edad, o más chico, logra algo enorme. Es feo admitirlo, un espejo roto que te devuelve lo que querías ser, pero no pudiste. No porque no lo intentes, no porque seas insuficiente, sino porque creciste con un paisaje emocional distinto.

Esa envidia que nos da vergüenza admitir, pero que nos come por dentro.

Pero la envidia, cuando se la enfrenta, no es maldad, es duelo. Duelo por la vida que no pudiste tener, por el abrazo que no te dieron, por la guía que hubiese sido necesaria para no sentirte tan perdida ahora.

No todos empezamos desde el mismo punto de partida.

Pero, a ojos del mundo, todos corremos la misma carrera.

Entonces aparece la pregunta, como un eco incontrolable en el inconsciente:

¿Dónde encajamos?

Los que no vamos al ritmo del mundo, los que nos sentimos fuera de eje, los que construimos desde la carencia.

No hay mantra salvador ni manifestación que alcance. No hay que ser tu propio jefe ni unirte a un grupo de estafadores con cursos en los que te quieren hacer creer que lo único significativo en la vida es el dinero y que si no te despertás a las 5 a.m. a mirar las métricas del mercado no merecés existir.

El capitalismo te dice que solo valen los logros medibles, aplicables, monetizables.

El éxito es una vidriera y todo lo demás es silencioso.

¿Hay éxitos que nadie aplaude? ¿Qué premio tenemos los que sobrevivimos, los que nos reconstruimos y volvemos a intentarlo una y otra vez, aunque no haya ovaciones ni miles de likes en TikTok?

Entender tu lugar en el mundo quizá no sea encontrar el punto exacto donde encajar, sino aceptar que todos somos un rompecabezas en proceso, algunos de menos piezas (y menos profundidad). Que tu lóbulo frontal se está acomodando, que tu historia no está toda escrita, que el deseo no se terminó.

Tal vez no estés estancada, me digo.

Tal vez estés haciendo algo un poco más difícil, reconstruirte mientras avanzás.

A algunos nos toca adquirir piezas que otros tuvieron desde el principio.

Quizás cumplir 25 no sea llegar tarde.

Toca aceptar que el camino de uno es más lento, más accidentado, más personal.

Pero es tuyo.

Lo roto también puede construir algo hermoso. A veces incluso con más honestidad.


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