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El final de Stranger Things me dejó reducida a cenizas

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Huilén Vilches
Huilén Vilches

El arte de saber despedirse

Los primeros días del 2026 fueron musicalizados por Purple Rain de Prince y Landslide de Fleetwood Mac, al igual que el final de Stranger Things, que nos atravesó el corazón a todos los espectadores.

Stranger Things siempre entendió algo muy simple y muy poderoso, la música no solo acompaña la emoción, la puede crear y cerrar la historia con esas canciones fue una decisión increíble. Purple Rain no habla de amor, habla de despedidas inevitables, de aceptar que algo se termina aunque nos haga mierda. Landslide es directamente crecer hecho canción, mirarse al espejo y aceptar que ya no sos quien eras.

A diferencia de los fanáticos enojados con los creadores y de las adolescentes armando teorías conspirativas sobre finales alternativos falopa, a mí me gustó la forma en la que dieron cierre a una serie que me acompañó los últimos diez años. Me gustó porque fue honesta, porque no buscó salvarnos del duelo.

Stranger Things terminó como tenía que terminar, volviendo al inicio.

No porque se hayan quedado sin ideas, sino porque entendieron que esta historia nunca fue lineal, fue circular, como una campaña de Dungeons & Dragons (que gracias a esta serie empecé a jugar) que arranca con un grupo de chicos alrededor de una mesa y termina exactamente ahí, pero con todo el peso de lo que les pasó cargado en la espalda, en la mente y en el estrés ocular.

La serie termina con ellos creciendo, y crecer, en Stranger Things y en la vida, siempre es perder algo. Todos a los que esta historia nos interpela tuvimos que duelar eso. Aceptar nuestro propio crecimiento y el de los protagonistas.

La despedida de ellos es tan simbólica como la despedida de la infancia, la adolescencia y el salto incierto hacia la vida adulta. Esa vida adulta que nos atraviesa con problemas y dolores que no todos saben cómo abordar, pero que los que fuimos traumatizados en nuestra infancia, al igual que los protagonistas, no le tenemos miedo. Ya lo vivimos y ya lo sufrimos. No queremos más épica, solo queremos recuperar el tiempo perdido.

Como decía el último tráiler “te arrebataron tu infancia”. Una frase cargada con mucho dolor para los que sabemos exactamente lo que eso significa.

Desde el primer capítulo supimos que esta no era una historia solo sobre monstruos. Era la infancia enfrentándose por primera vez a lo incomprensible, los niños haciendo analogías con el juego de rol que jugaban eran ellos tratando de ponerle palabras a lo incierto que los acechaba. El demogorgon, el Upside Down, Vecna, el Mind Flayer son distintos nombres para una misma cosa, el miedo, el trauma, aquello que irrumpe y te obliga a cambiar y a dejar de ser quien eras. Por eso el final no es una gran victoria épica, sino una despedida.

Ellos solo pueden vencer a esos grandes monstruos cuando ya no les tienen miedo, cuando tienen la edad suficiente para decidir por ellos mismos, cuando lo que aman está en peligro y eligen protegerse, cuando ya están seguros de quiénes son y nadie puede doblegarlos.

La decisión que más me duele aunque es la que más entiendo, es la de matar a Eleven. Me duele porque fue el corazón de la serie, duele porque la vimos crecer, aprender a expresarse, a amar, a jugar, a enojarse, a buscar su identidad y sus deseos. Duele porque queremos creer que después de todo ese sufrimiento merecía quedarse, merecía ser feliz. Pero justamente ahí está el punto, Eleven nunca vino para quedarse.

Desde el principio, Eleven es E.T - Representa tu canción favorita salvándote de la depresión. Eleven es esa serie que te acompaño en noches de insomnio y pensamientos oscuros.

Eleven es el ser extraño que llega a un grupo de chicos y les cambia la vida enseñándoles algo fundamental, el valor del amor, el valor de la amistad y el valor del sacrificio.

Se va no porque no quiera quedarse, no porque no ame a Mike ni a Hopper, sino porque su lugar nunca fue ese. Ella nunca perteneció del todo a Hawkins, ni siquiera al mundo del “lado correcto”. Es una figura liminal, un puente, un arma, un milagro y una herida al mismo tiempo.

Su arco es el camino del héroe clásico, pero con una torsión trágica. No es Frodo destruyendo el anillo y volviendo a casa. Es Frodo entendiendo que ya no puede volver igual.

Eleven atraviesa todas las etapas: el llamado, el rechazo, el mentor, la caída, la revelación y el sacrificio. Y cuando llega al final hace lo único que realmente podía hacerla libre y decide por ella misma, desaparece. Por primera vez, toma poder sobre su propia existencia y elige lo que considera mejor (aunque a nosotros no nos pareciera la mejor eleccion)

Su final es ambiguo, por eso no hay cuerpo ni confirmación cerrada.

Convertirla en mártir era injusto. Convertirla en sobreviviente era muy cómodo.

Stranger Things elige algo un poco más honesto y la convierte en mito.

Vive o muere dependiendo del relato que elijas creer, sabiendo que su existencia salvó a todos, pero que ella no puede habitar ese mundo salvado.

Y ahí aparece Mike, mi personaje favorito durante toda la serie (tenía un póster en mi habitación allá por 2018) y que, para mí, recibe un nivel de hate bastante innecesario.

Si bien su personaje sufrió una especie de lobotomía en la última temporada, Mike siempre fue el paladín de la historia. El justo, el honesto, el compañero que te defiende a capa y espada, el que nunca deja a nadie atrás y nunca se rinde.

Por eso termina exactamente donde tenía que terminar, contando la historia.

Es el que entiende que su rol no es ser el héroe sino el guardián del recuerdo. El que narra para que lo vivido no se pierda. El que convierte la campaña en manual, la aventura en mito, la infancia en relato.

No es casualidad que el último minuto de la serie cierre con Dungeons & Dragons. No es solo nostalgia, todo lo que vivimos fue una campaña. Hubo dados, estrategias, errores y sacrificios. Momentos anticlimáticos y victorias un poco flojas de papeles.

El epílogo es, quizás, lo que más me gustó del final, porque ahí la serie se anima a hacer lo que durante años postergó, mostrar la vida después de Eleven.

Lucas y Max yendo por fin al cine, abrazándose, conociéndose sin el peso del apocalipsis.

Steve encontrando por fin su vocación que no es ser el héroe lindo, sino el tutor, el cuidador, la mamá de los pollitos (y sus 6 little nuggets). Steve termina siendo lo que siempre fue, un líder emocional.

Dustin creciendo con el balance justo entre rebeldía y sensibilidad, con ese carisma a lo Tom Hanks joven que siempre tuvo.

Hopper y Joyce, rotos pero juntos, cerrando un círculo que empezó con depresión, alcoholismo, soledad, duelos irresueltos, luces de navidad y desesperación. Me hace genuinamente feliz que no hayan optado por un final trágico para ellos, nadie quiere ver a un padre que ya sufrió seguir sufriendo. Esta decisión fue una curita para mi corazón. Elegir el camino donde la culpa no te consume, no te ahoga, no te envenena.

Incluso los personajes que quedan más descolgados encuentran un lugar acorde. No todos brillan igual y está bien, es la vida misma, crecer también es aceptar que no todos los caminos son épicos.

Stranger Things fue durante una década la serie que definió una era, es la heredera cultural de Game of Thrones, no por la complejidad de su guion o su trama, sino por su capacidad de convertirse en fenómeno y generar fanatismo. Es una serie que nos devolvió los 80, la música, el maquillaje, los outfits, el misterio. Pero también una serie profundamente actual en su subtexto. Nos habló del miedo, de la violencia, del abandono, de la identidad y de la amistad como salvación.

Su final no es perfecto, va a ir al limbo de los finales mids. Entre el final de Breaking Bad y Los Soprano como finales brillantes, y muuuy por encima del desastre que fue el final de Game of Thrones.

Fue un final apresurado en partes. Podrían haberle sacado varias escenas a Holly en Harrenhal y dárselas a los verdaderos protagonistas, a quienes realmente queríamos ver.

Porque al final lo que hacía épica a la serie no era su trama compleja, sino sus vínculos. La intimidad, la cercanía, la complejidad emocional de sus personajes.

No por nada las escenas más aclamadas de este último vol son las de Dustin y Steve y las de Lucas y Max. Porque nos devuelven eso, segundos de ternura y honestidad. Algo amable en medio de tanta hostilidad. Miradas sinceras, inocencia intentando no ser interrumpida por la maldad de los monstruos.

Eso es lo que nos interpeló desde el principio, un grupo de nenes queriendo salvar a su amiguito. Incluso dispuestos a dar la vida por él.

Stranger Things termina como empezó. Con un grupo de chicos jugando, imaginando, creyendo. Pero ya no son chicos y nosotros tampoco, por eso duele tanto.

Está bien que Eleven se vaya. Al igual que algunas personas, hay historias que no están hechas para quedarse, algunas llegan para marcarnos y después seguir adelante.


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