La religión es cool?



La religión es cool?
Vengo escuchando el último álbum de Rosalía y se me empezaron a cruzar un montón de cosas por la cabeza: la estética religiosa y la política.
LUX no es un álbum para dejar de fondo. Tiene una “puesta en escena” que te obliga a pararte a pensar.
Hace unos meses, incluso antes de la muerte del papa anterior, hay un clima extraño en el aire. Después de una década atravesada por la deconstrucción y con el feminismo atravesando a las nuevas generaciones, algo en la brújula cultural empezó a moverse hacia otro lado. Y para sorpresa de todos, lo que aparece ahí son símbolos litúrgicos, vírgenes, velos blancos, solemnidad. El catolicismo, la religión que se rige por un sistema opresor e históricamente atado al conservadurismo, se volvió “cool”.
Las trad wives, las mujeres haciendo 150 mil cosas por minuto diciendo que es “energía femenina”, los discursos del bienestar moralizados, son todos síntomas de una misma opereta cultural. Lo que antes era lectura crítica hoy se disfraza de estilo de vida aspiracional para las mujeres.
En ese contexto aparece LUX, lo nuevo de Rosalía, y con él la vuelta de la religiosidad como gesto subversivo. No porque ella tenía ganas de poner de moda el catolicismo con su carácter ideológico tradicional, sino porque lo toma como un lenguaje estético que interpela a un mainstream que vive a canciones de 15 segundos para videos de TikTok. En un momento totalmente dominado por el hiperconsumo y el individualismo neoliberal, creer en algo más grande que uno mismo es, paradójicamente, un acto de rebeldía.
Rosalía lanzó una ópera pop donde los iconos católicos se vuelven vanguardia. Outfits que nos remiten tanto a la Virgen María como a las grandes divas de la ópera.
Vogue lo llamó “la ascensión de la moda divina”.
No es sólo un retorno a la fe, sino una relectura estética. Las figuras eclesiásticas no se usan para disciplinar, sino para liberar. Ella misma lo explica cuando habla del celibato no como penitencia, sino como un gesto cool, una forma de desactivar esa tan saturada ilusión romántica del crush y la constante búsqueda de parejas sexuales que no nos llevan a ninguna parte.
Acá aparece una pregunta incómoda:
¿Esto es un retroceso cultural?
¿Al abrazar estéticas conservadoras, inconscientemente estamos abriendo la puerta a repetir discursos fascistas?
La respuesta, lamentablemente, es que eso ya pasó. La puerta para repetir y divulgar discursos fascistas ya se abrió hace rato.
Esto es una consecuencia inevitable de una época que se quedó sin herramientas y se refugia en lo viejo por agotamiento. Aunque hay cosas más complejas.
El catolicismo tiene una doctrina centrada en la justicia social y la ayuda comunitaria, ideas que chocan contra la pared del individualismo aspiracional del neoliberalismo y la derecha actual. No es casualidad que resurja ahora, cuando la promesa de la autosuficiencia absoluta nos está comiendo la cabeza. La religión y particularmente, su estética, siempre fueron un refugio para la búsqueda de la identidad, incluso en espacios que parecerían opuestos, como la estética gótica o la moda alternativa.
Todos necesitamos creer en algo más grande que nosotros para poder sostener la agonía de existir.
La cuestión no es si volver a estos símbolos es un retroceso, sino cómo los reinterpretamos. Lo que hace Rosalía en LUX no es evangelizar, es abrir una conversación donde la espiritualidad aparece como un territorio a profundizar. El cantar en varios lenguajes, mezclar la devoción con lo performático, hablar de fe sin hablar de religión y encontrar en lo sagrado una posibilidad de sentido.
Porque no hay que confundirse: ser conservador jamás será un acto de rebeldía.
Quizás lo que está pasando no sea un regreso al conservadurismo, sino una búsqueda desesperada de solemnidad en un mundo saturado. Una necesidad de comunidad en medio de la hiperproductividad solitaria. Una forma de preguntarnos quiénes somos cuando se agotaron las respuestas.
LUX nos trae una charla a la mesa, a una generación que intenta resignificar la espiritualidad sin quedar atrapada en los discursos de siempre. Una generación que, incluso cuando juega con símbolos antiguos, no está dispuesta a entregarle el futuro a quienes quieren volver al pasado (espero).







