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I’m Glad My Mom Died

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Huilén Vilches
Huilén Vilches

La culpa freudiana, el narcisismo materno y por qué le hablé a mi terapeuta sobre este libro.

“Según Freud, el sentimiento de culpa tiene un origen principalmente inconsciente y se relaciona con el superyó, el cual nace en la etapa del complejo de Edipo. La culpa surge de la lucha entre el deseo del ello y las exigencias morales del superyó, y se manifiesta como un ‘dolor psíquico’ que puede llevar a la necesidad de castigo. Freud distingue entre la culpa consciente y la inconsciente, siendo esta última la que resulta más significativa en el psicoanálisis y puede manifestarse en actos que buscan un alivio psíquico.

El sentimiento de culpa tiene su raíz en el complejo de Edipo, donde el niño desarrolla sentimientos de hostilidad hacia el padre como rival de amor, pero renuncia a ellos para no ser castigado. Esta renuncia marca el origen del superyó, que internaliza las prohibiciones paternas.”

Hay libros que se leen, libros que se viven y libros que te patean el estómago y te escupen en el piso como una madre narcisista enojada, que siempre sabe dónde te duele.

I’m Glad My Mom Died de Jennette McCurdy es los tres.

Y no, no es solo un libro sobre las exigencias de ser una joven actriz y cómo lidiar con la fama —gracias a Dios—. Es un manual de supervivencia emocional para quienes crecimos bajo la sombra de una madre psicópata con complejo de directora de la película de nuestra vida: siempre en control, siempre eligiéndonos el papel, siempre exigiendo que no crezcamos demasiado para no arruinarle la puesta en escena. Ella es la protagonista.

Cuando este libro se publicó no lo quise leer. No estaba lista. Leía las reviews poco profundas en Twitter, vi algunas entrevistas de Jennette, pero no conecté. No estaba preparada para enfrentarme a eso. Me hacía reír el título, lo sentí como una victoria para todas las que crecimos bajo la misma violencia: al fin una podía mandar a la mierda todo, y eso se festeja.

Como si fuéramos un gremio: las hijas maltratadas, pisoteadas y renegadas.

Cuando finalmente lo empecé, fue desde el consumo casi irónico, entre una risa nerviosa y casi cómplice que uno se permite cuando sabe que un chiste no es un chiste. No sé por qué elegí que este fuera el primer libro que iba a leer cuando mi novio me prestó su nuevo Kindle, pero por alguna razón mi cerebro dijo: es ahora, es hora de afrontar esto. Comencé entre risas y al segundo capítulo ya estaba incomodísima, casi indignada.

Jennette, salvando las diferencias, quién te autorizó a narrar mi infancia? dónde firmé para que usaras mis traumas y los convirtieras en arte?

La crudeza de la historia no es para todos, pero la forma en la que la cuenta es fantástica: humor ácido, sin caer en la pornografía del trauma, sin detalles morbosos. Eso es lo que más me interpeló: contar una historia de dolor desde casi el humor. McCurdy no pide que el lector le tenga lástima, simplemente te proporciona un espejo.


El narcisismo materno: el ABC para arruinarle la vida a tu hija

Debra, la madre de Jennette, no es un personaje: es el manual clínico del narcisismo maligno con piernas. La mujer llevó el control materno a niveles inimaginables. Le dictaba la vida como si tuviera total decisión sobre cada detalle de su rutina: qué vestir, qué comer, cómo ser, qué sentir. No daba lugar a un pensamiento propio. Su misión en la vida no era criar una hija, sino tallar una muñeca articulada que permaneciera como niña para siempre: lista para actuar, obedecer y disfrazar el abuso como amor maternal.

Es impresionante el tono con el que McCurdy describe todo esto. Nada de drama. No está soundtrackeado con Radiohead, The Smiths o Phoebe Bridgers de fondo. No existe la autopiedad. McCurdy te cuenta los episodios de violencia como yo le cuento anécdotas a mis amigos, con una neutralidad quirúrgica que da más miedo que el propio acto. El humor aparece como anestesia, como un mecanismo de defensa tan sofisticado que Freud escribiría artículos.

Porque sí: si tu vieja alguna vez te hizo comentarios pasivo-agresivos sobre tu cuerpo, tu ropa o tu existencia en sí misma, prepárate. El nivel de maldad y manipulación estratégica que maneja Debra es tan alto que te va a hacer sentir que lo tuyo era una pavada... hasta que te das cuenta de que no. Que lo que te dolió a vos tenía la misma raíz: una madre que no soportaba que crecieras, porque tu crecimiento era su pérdida de poder.


La culpa: el látigo del superyó materno

Si hay una protagonista silenciosa en este libro —al igual que en la vida— es la culpa.

La culpa que sentís por existir. Por tener deseos. Por querer vivir una vida fuera del plan de mamá. Por respirar demasiado fuerte.

Freud decía que el superyó nace de la internalización de la voz de los padres, y que esa voz —cuando se vuelve tiránica— nos castiga incluso por lo que pensamos. Bueno: en los hijos de madres narcisistas, el superyó no es un juez severo. Es tu madre después de dos saques de merca.

Jennette sabe esto y lo muestra con una honestidad brutal y punzante. Ella, al igual que todas las hijas del gremio, siente culpa por crecer. Culpa por comer, culpa por trabajar, culpa por tener éxito, culpa por fallar. Culpa. CULPA. Incluso por sentirse aliviada cuando su madre muere.

Y ahí el título —I’m Glad My Mom Died— opera como declaración de independencia emocional. No es una provocación gratuita: es un acto simbólico de romper con ese superyó materno que la perseguía incluso desde la tumba. Es decir, por fin, una frase que muchos hijos de madres abusivas no se animan a admitir:

Me alegro de que la parte de mi vida que me estaba destruyendo haya muerto. Porque así pude empezar a vivir yo.


La comida: el campo de batalla

“Tu madre, tu alimento: La relación con tu madre siempre guarda secretos. La comida y tú. Tú y la comida. A veces todo parece complejo, tenso, como un amor-odio. Otras es exigente, estresante y no fluye tu relación con la comida. ¿Sabías que esa relación es un reflejo de la relación que tienes con tu madre? Probablemente nunca te lo has planteado en esos términos. Pero sí, tu madre también es tu alimento. Quizás te has dedicado a contar calorías y no disfrutas de la comida. Te niegas a comer ciertos alimentos porque “no te sientan bien”. Incluso te preocupas en exceso por comer sano. ¿Es tu caso?. Cuando las madres nos ofrecen sus platos, nos dan las dos cosas a la vez: comida y amor.”

Si algo deja claro este libro es que la relación madre-hija se cocina, literalmente, en la mesa. Y no en la forma amorosa y maternal. En la vida de Jennette, la comida es una herramienta de control. Su madre le enseña a restringir calorías, la pesa como si fuera ganado, le mide el crecimiento con la ansiedad de un dictador.

La comida se vuelve obediencia, castigo, idioma emocional entre ellas dos, una extensión del cuerpo que la madre quiere poseer.

Y ahí aparece uno de los ejes más profundos del libro (y de mi lectura personal): sanar la relación con la comida es sanar la relación con la madre.

Incluso cuando la madre ya no está.

Incluso cuando no la querés en tu vida.

Incluso cuando no merece tu perdón.

Incluso cuando silenciosamente, deseas su muerte.

Comer lo que querés, cuando querés, es un acto revolucionario. Es decirle al fantasma de tu madre narcisista: mi cuerpo es mío, mi hambre también, mis decisiones también.

Si alguna vez sentiste que comer era un acto cargado de culpa, este libro te va a atravesar.


El amor romántico: cuando el caos maternal se convierte en tu patrón de OKCupid

Ella también habla de lo difícil que fue buscar amor, o algo que se le pareciera.

Porque la gente criada por madres abusivas tiende a confundir drama con pasión, control con cariño, manipulación con intimidad.

Cuando el primer amor que conocés es el Lollapalooza de la violencia psicológica, ¿cómo no te va a aburrir alguien que te trate bien? Aunque conscientemente estés cansada de la violencia, hay una cuestión energética. Aunque por fuera se vean buenos, cual imán solo atraés gente que te va a dar lecciones de vida. Porque si hay algo que representa al gremio de hijas, es el famoso “todo sirve como aprendizaje”... o como anécdota.

¿Cómo no vas a confundir un vínculo sano con frialdad cuando venís de una montaña rusa emocional? ¿Cómo no te va a atraer alguien inestable, que un día se presenta y te ama y al otro te detesta, que te obliga a trabajar horas extras para ser digna de su cariño?

Jennette repite patrones. Una y otra vez. Hasta que la terapia se convierte en su freno y su mapa. Y entiende que no se puede construir una relación estable cuando todavía estás atada emocionalmente a una madre que ya ni siquiera está viva, pero sigue condicionando tus emociones, tus pensamientos, tu vida.

Y sí, también me pasó. No voy a mentir: escapar del patrón no es mágico. No es lineal. No es fácil. Pero el libro lo muestra con una honestidad que te hace sentir menos rota, menos sola, menos condenada.

“Please I've been on my knees. Change the prophecy. Don't want money, just someone who wants my company. Let it once be me. Who do I have to speak to about if they can redo the prophecy?” dice Taylor.


Conclusión: este libro no se lee, se metaboliza

I’m Glad My Mom Died no es un libro sobre el duelo.

Es un libro sobre la libertad.

Sobre tener el coraje de nombrar lo innombrable.

Sobre reírse para no morir en el intento.

Sobre abandonar la culpa freudiana heredada para permitirnos existir sin supervisión materna.

Leer este libro fue, para mí, una sesión de terapia intensiva disfrazada de memoir.

Me ayudó a entender —casi diez años después— que no hace falta perdonar para sanar, no hace falta amar a quien te destruyó, no hace falta cargar con la culpa que no te pertenece, y que a veces el acto más amoroso con una misma es dejar morir lo que te estaba matando.

Así que gracias, Jennette, por tu honestidad, por tu humor, por tu valentía. Y por darnos permiso finalmente para decir en voz alta lo que muchos de nosotras decimos en secreto:

Me alegro de que mi trauma muriera para poder vivir yo.


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