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El año en blanco: Pantone, el conservadurismo estético y el mundo que se queda sin color

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Huilén Vilches
Huilén Vilches

El año en blanco: Pantone, el conservadurismo estético y el mundo que se queda sin color

Pantone anunció que el Color del Año 2026 será Cloud Dancer, un blanco neutro, etéreo.

“Pantone’s Color of the Year 2026 is ‘Cloud Dancer.’ This is the first time ever they’ve chosen a shade of white.”

En el comunicado oficial nos hablan de calma, de paz, de necesitar una pausa para más claridad, pero la elección de color dice mucho más que eso. Nos dice lo que ya muchas mujeres intuimos cuando caminamos por la calle o scrolleamos en redes y solo vemos “clean looks”, ropa beige para niñxs y adultos, rostros maquillados pero para no parecer maquillados, el mundo esta perdiendo su color y no es una casualidad.

Es la primera vez que Pantone elige un blanco como color del año. La primera.

Una marca que se basa justamente en la proliferación del color, la ausencia del mismo es una declaración política.

El blanco como estatus, recesión y orden

Los colores claros siempre estuvieron asociados al lujo, a lo cheto, a las fiestas de blanco y lino en Punta del Este.

El blanco y el beige funcionan como signos silenciosos de “clase alta”. El que se viste y se ve impoluto no puede permitirse mancharse. ¿Quiénes sí? Los que trabajan y se ensucian. Esa blancura social opera como indicador de recesión: cuando hay crisis, la industria vuelve a lo seguro, a lo “limpio”, a lo que no arriesga.

Pantone puede usar la excusa de que el color que eligieron es “un susurro de paz en un mundo lleno de ruido”, pero todos sabemos que la neutralidad nunca es neutral.

El blanco, pulcro, estéril, homogéneo. No contradice, no interrumpe.

Es el color perfecto para una época que quiere mujeres cada vez más calladitas, más dóciles, más funcionales.

El clean look, el fascismo y la estética de no hacer ruido

Hace meses hay una epidemia en redes: el clean look.

La piel luminosa, sin poros, sin ojeras, ropa beige en madres e hijos, maquillaje que no parece maquillaje, cuerpos totalmente depilados y perfectos, cuerpos cada vez más delgados.

Ni un pelo fuera de lugar, todo intacto con kilos y kilos de gel para que todo esté quieto.

Todo perfecto a los ojos de los hombres, que ven esto como “natural”. Obvio, son chicas sin sombra en los ojos, ni nada lo suficientemente llamativo como para que les toque el ego a ellos. No tienen ni idea que atrás de esa estética hay la misma cantidad de tiempo de preparación que un delineado negro y labios rojos.

Pero es la estética de no ocupar espacio.

La estética de no llamar la atención.

Venimos de años donde las mujeres éramos mucho más notadas, con el pelo de colores fantasía, vello corporal visible, ropa que nos representaba y nos ayudaba a proyectar la búsqueda de nuestra identidad.

Eligiendo que usar. Resignificando el color rosa como un color divertido y no un color para “tontas” o para niñas.

No es casualidad que esta nueva estética se dé en el auge global del fascismo y en la vuelta de las derechas conservadoras en muchos países.

Porque la estética nunca es solo estética, también es conducta, identidad e ideas políticas.

El clean look funciona como una pedagogía visual que nos enseña a ser moderadas, sensatas, homogéneas. A no gritar, a no desbordarnos, a no molestar. Basta de histeria, ahora hay que ser ordenaditas y lindas.

¿Querés tener el mismo puesto de poder que un hombre? Él puede ir a la oficina con una remera de Marvel y zapatillas deportivas y tener un ascenso más rápido que vos, que vas de pantalón sastrero y un makeup no makeup.

Todo esto es una especie de “virtud” aspiracional. Una corrección política del cuerpo.

Ahora, en el mundo que premia la autocensura y la neutralidad, lo cromático es el uniforme para nosotras.

Las mujeres volviendo a quedarse calladas, las tradwives, las sexys puritanas y la vuelta a las tareas del hogar

La elección del blanco coincide con otra tendencia más oscura, el avance de la derecha entre las mujeres jóvenes.

Por primera vez en años, los datos muestran una inclinación creciente hacia posturas conservadoras.

Creíamos que era una batalla que no íbamos a perder. Los hombres ya estaban todos con un pie adentro de estas ideologías, pero lentamente esto se va metiendo en el inconsciente de las chicas y adolescentes jóvenes. Las que sienten cringe del 2018, de las “wokes”, las que quieren volver a ocupar un espacio donde se sienten únicamente objetos de deseo. Mujeres que vuelven a obsesionarse con la atención masculina.

Adolescentes nuevamente metiéndose en la boca del lobo siendo menores y estando hiper-sexualizadas. Dejando de lado sus intereses para profundizar intereses masculinos por validacion.

¿Casualidad? No.

Las tradwives con sus TikToks haciendo manteca desde cero, criando 10 pibes sin niñera, haciendo vlogs mostrándote lo divertido que es la organización y la limpieza del hogar, las supermujeres con rutinas imposibles vendiéndotelo como energía femenina, haciéndote sentir que si no seguís la dieta keto, si no hacés pilates, yoga, si no vas al gym y no trabajás y estudiás 100 horas por semana no sos empoderada ni una mujer de valor, las madres perfectas que además son minimalistas, espirituales, productivas y estéticamente impecables… todos estos modelos están moldeando a una generación que sin darse cuenta empieza a romantizar el rol tradicional femenino. Es lindo hacer queso from scratch, ir a ordeñar la vaca en tu quinta con tus dos hijos mormones a upa mientras tu marido lee el diario con un escarbadientes en la boca.

Y no es porque las mujeres nos volvamos más conservadoras por naturaleza. Es porque el patriarcado nos quiere y necesita de vuelta en casa.

Desde que el feminismo nos permitió elegir, poner límites, exigir vínculos sanos y buscar parejas a nuestra altura, muchos hombres se quedaron sin saber cómo responder.

Pero ellos siguen eligiendo y priorizando a las mujeres jóvenes, dóciles y bellas. Mientras nosotras elegimos educación, dulzura y proyección, el choque es inevitable.

Y como la crisis afectiva masculina estalla, con los famosos incels, una parte del sistema intenta recolocarnos en el lugar donde siempre fuimos más funcionales: en la casa, siendo obedientes, lindas y calladitas.

La estética blanca encaja perfecto en esa narrativa.

Un mundo sin color es un mundo sin ruido

Que Pantone elija este color es un gesto casi distópico al estilo Los Juegos del Hambre.

El blanco es un silencio. Es un mundo sin matices.

Un paisaje donde la diferencia se vuelve ruido, una molestia, donde los colores desentonan y donde todo da cringe.

No es casualidad que el clean look sea incompatible con la vida real: se mancha, no se blanquea, no soporta el caos del día a día.

El blanco exige cuerpos delgados, que no sudan, agendas ordenadas, trabajos sin fricción.

Si viajás en transporte público todos los días, difícilmente elijas un pantalón blanco. Es una realidad.

Una estética irreal, pensada para vidas que la mayoría no tiene. Pero que quieren tener.

La urgencia de volver a hacer ruido

En un contexto así, lo verdaderamente provocador no es el blanco pulcro, sino el exceso.

Hay que volver a gritar en la calle, llorar en el subte, reírse fuerte, vestirse de colores que desbordan, desobedecer la homogeneidad.

Explorar la identidad y explayarla en nuestros estilos.

Vestirnos como nos sintamos cómodas, que la ropa, el maquillaje, el pelo vuelvan a ser un mensaje.

Volver a ocupar espacio. Volver a molestar.

La historia es cíclica. Lo que venga después de esta epidemia será inevitablemente colorido y desafiante.

La contracorriente siempre nace del hartazgo.

El blanco no es el color del año, es el color del clima político.

Y si el mundo se está volviendo blanco, más que nunca necesitamos el color.


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